Abdico y declaro la República

agosto 15, 2015 en escritor, escritor Barcelona, escritor Tarragona, Literatura, Noticias

La noticia llegó inesperada, como un relámpago en el cielo despejado. Inapelable. Un discurso bien preparado, leído a las 21 clavadas, en riguroso directo al conjunto de los ciudadanos, en todos los canales. Una exposición sin eufemismos, sin lugares comunes, con palabras sencillas, casi tiernas, recitadas con un temblor en la voz tosca a causa de la conmoción. Su mujer y sus hijas lo acompañaban sentadas en un sofá al lado del escritorio donde él miraba fijamente hacia una videocámara. Solamente ellas lo apoyaron y entendieron la decisión que el rey había tomado. Sus padres no se lo habrían permitido, si estuviesen vivos. Sus colaboradores, los consejeros, el presidente del gobierno, los senadores, los diputados, los grandes empresarios, los coroneles, los generales, los jefes de estado extranjeros, los banqueros, en fin, todos intentaron impedírselo. Todos fueron en contra de esa decisión.

Pero él era el rey. Nadie podía contradecir su decisión. En su discurso dijo: “Un rey ejemplar debe hacer el bien para su pueblo”.

El discurso estaba bien ensayado, no fue muy largo, en pocos segundos se habría leído, pero el rey lo recitó en quince minutos. Empezó con un soneto de Shakespeare, humanizando a la República, declarándose a ella como un enamorado frustrado, recordando su pasado y su drama personal, entregándole las llaves del presente y del futuro.

¿Te compararé a un día de primavera?

Eres más deleitable y apacible.

La violencia de los vientos desgarra los tiernos capullos de mayo,

y el arriendo de la primavera vence en fecha demasiado corta.

A veces brilla el sol del cielo con resplandor excesivo,

y a menudo disminuye su tinte dorado;

Toda belleza pierde, tarde o temprano, su belleza,

marchita por accidente o por el curso cambiante de la Naturaleza.

Mas nada ajará tu eterna primavera,

ni perderás la posesión de tu reconocida hermosura;

ni la muerte se jactará de verte errar en su sombra,

cuando en versos inmortales se acreciente tu nombre de edad en edad.

Mientras palpiten los corazones o vean los ojos,

estos versos serán vivientes y te harán vivir.

Y seguidamente, después haber dado las gracias a su mujer y a sus hijas, anunció con voz firme: Abdico y declaro la República.

Esa frase que quedó grabada en la memoria colectiva. Luego siguieron unas reflexiones sobre su reinado y sobre los motivos de esa decisión.

En los días siguientes se desencadenaron las tertulias, la prensa hizo un seguimiento extraordinario de la noticia conjeturando y especulando sobre posibles desenlaces.

Los intelectuales, los catedráticos, los profesores más influyentes y reconocidos, con su toque de pragmatismo y de narcisismo, siempre políticamente correctos, se quedaron en el medio de la contienda sin expresar su opinión o su corazonada. Corazonada y preferencias que los ciudadanos exprimieron sin pelos en la lengua.

Los socialistas, aunque su líder recordó la esencia republicana, optaron por apoyar la continuación de la monarquía. Pero no urdieron ellos el complot para matar al rey. No fueron los conservadores, quienes estaban al mando del gobierno en ese entonces, ellos lucharon con medios desesperados y extremos para que la República no se instaurase. Tampoco fue el clero, aunque no estaba de acuerdo con esa decisión. No se sabe quién fue.

Y los republicaron izaron sus banderas por una semana nomás.

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